Toscana Día 7. San Gimignano y Volterra.

Me desperté de madrugada con una extraña sensación. El cielo que se veía desde la ventana de mi habitación estaba totalmente despejado y lleno de estrellas, pero una luz intermitente llenaba la estancia como si se tratara de una discoteca, aunque la noche estaba totalmente silenciosa. La atmósfera estaba  cargada y con extrañeza intenté averiguar que ocurría. 
Cuando me asomé por la terraza vi la tormenta más espectacular que he visto nunca, a decenas de kilómetros, sin rayos que alcanzaran el suelo y sin ruido de truenos. Tan sólo se veía un bloque de nubes en la lejanía que se llenaban e hinchaba de luz, sin que se pudieran apreciar los relámpagos.
En la terracita del apartamento no llegaba ni el olor a humedad ni el viento propio de las tormentas, tan sólo tenía la sensación de que cada partícula del ambiente estaba electrizada.
Ya de día, llovía como si no hubiera mañana, por lo que pensamos que nuestros planes se verían afectados, pero nada más lejos de la realidad. Teníamos intención de ir a San Gimignano y a Volterra, con parada previa en Certaldo.
Cuando llegamos a Certaldo, llovía a mares, y nos costó encontrar el casco antiguo. Finalmente aparcamos en la zona alta, y aunque aún llovía, el cielo se estaba abriendo y presagiaba un gran día de verano.
La parte alta, y vieja, de Certaldo es preciosa, fue el primer pueblo de la toscana que visitamos, y los paisajes que se divisaban hacia la campiña eran maravillosos.


Estuvimos allí el tiempo suficiente para tomar un capuchino y admirar el paisaje, y seguimos camino a San Gimignano, que estaba atestado de turistas. Es un pueblo encantador, pero con un más que evidente aire a parque temático. Es difícil aparcar, ir al baño, tomar un helado... Y sin embargo si te apartas de las calles principales no hay un alma,y puedes disfrutar tranquilamente de su trazado medieval.
Comimos un bocata, en un sitio muy especial. Un lugareño, el Sr. Bertelli, vende únicamente salami o finocchiona, y queso pecorino que coloca entre dos rebanadas enormes de pan rústico. Muy rico y a buen precio, con tranquilidad y sin compañía de otros turistas.Hay unas fotos preciosas del curioso local en este bonito blog.
Cuando terminamos fuimos a la plaza principal, la de la cisterna, a tomarnos un helado en una de las heladerías más famosas de la Toscana, Gelateria di Piazza. Probamos el conocido helado de uva blanca vernaccia, muy rico, pero casi todos los sabores eran buenísimos. No obstante creo que eran mejores los de Santa Trinita en Florencia.

Tras el helado decimos ir a Volterra, elegimos precisamente ese día para ir a Volterra ya que se celebraba allí un famoso festival medieval (Volterra AD 1398). Los vecinos cierran varias zonas importantes del casco antiguo, lo adornan,  y lo llenan de actividades y disfraces. Cobran por acceder a la zona, un precio algo elevado, no recuerdo exactamente, pero creo que por lo menos 8 o 9 euros por persona. Se parece algo a los mercadillos medievales como el del Álamo en Madrid, ya que también hay pequeños puestos de artesanía, pero hay sustanciales diferencias. El entorno es espectacular, muchísimos vecinos estaban disfrazados, había músicos y juegos infantiles, y utilizaban otra moneda para la compra-venta. Es impresionante la cantidad de gente que había, y sin embargo había paridad de lugareños, turistas de la zona y extranjeros.
Seguramente la arquitectura y belleza de Volterra, se admira mejor si acudes cuando no hay festival, pero es una gran experiencia, e  Iván, mi bebé de 17 meses, disfrutó muchísimo de los juegos infantiles, la música en la calle, y las actividades en el parque. Eso sí, el gentío era extraordinario.
Además escuchar un coro en el baptisterio de Volterra es una experiencia única.
En todo caso Volterra es una ciudad espectacular, con unas preciosas vistas sobre la Toscana, y una luz maravillosa. Regresamos a Borgo Santinovo cansados, pero entusiasmados de nuestra primera ruta por la Toscana.


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